Desde ataques al feminismo hasta comentarios xenófobos, las redes del joven de 22 años son una pieza clave para la causa. Tras el crimen en el macrocentro, la justicia descarta la hipótesis de un suicidio mutuo.
El horror que sacudió a los vecinos de calle 3 de Febrero suma nuevos capítulos tras el análisis de la conducta digital del agresor. Para cualquier rosarino que transita habitualmente por el macrocentro, conocer los detalles de este caso resulta fundamental, ya que las pericias sobre los dispositivos móviles confirman una relación traumática marcada por el hostigamiento y una ideología violenta.
La fiscalía detectó que el atacante intentó montar una escena falsa mediante una carta manuscrita antes de desplazarse diez cuadras para arrojarse al vacío. Sin embargo, el testimonio de las amigas de la víctima y los posteos del joven de 22 años desmoronaron rápidamente la hipótesis del pacto suicida.
En sus perfiles digitales, el agresor compartía mensajes de odio contra movimientos de mujeres, expresiones racistas y una marcada intolerancia religiosa. Sus textos atacaban sistemáticamente el empoderamiento femenino, evidenciando una conducta agresiva que se trasladaba desde la pantalla hacia el vínculo privado que mantenía con la joven víctima en su vivienda.
Actualmente, la justicia rosarina profundiza en el análisis de estas interacciones para cerrar el cuadro probatorio del femicidio. Mientras tanto, el entorno de Sophia utiliza esas mismas pruebas digitales para exigir justicia y visibilizar el peligro de los discursos de odio que circulan libremente en las redes sociales de nuestra ciudad.
La investigación continúa bajo la carátula de femicidio, mientras Rosario intenta procesar un hecho que expone la cara más cruda de la violencia de género.

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